OTRA BOCA MÁS


Otra Boca Más

Abyss Borboa Olivera


Rosaura era una mujer muy seria, una mujer llena de malos recuerdos, de malos momentos, de malas experiencias. Cuando murió tenía 40 años, pero por la expresión de su rostro y su mirada seguramente lograba representar 20 años más. A la pobre mujer le tocó el peor momento de pobreza en su país, y no le quedó de otra mas que dedicarse a vender lo que pudiera en alguna esquina para sobrellevar el hambre de sus 14 hijos y un marido inútil que lo único que creía seguro era que su labor como marido era la de obligar a su mujer a tener hijos. Con la bendición de un dios todopoderoso el marido inútil le exigió a Rosaura a cargar con 19 embarazos, pero sólo 14 se lograron, sanos y salvos: 13 mujeres y 1 hombre.


Cuando supo Rosaura que estaba de nuevo embarazada hizo hasta lo posible por deshacerse del producto, para su edad y su poco conocimiento no sabía nada de métodos anticonceptivos. Lo único que sabía era los remedios caseros que se comentaban entre las mujeres mayores. Rosaura ya no estaba dispuesta a cargar con otra boca más, y a pesar de todos los intentos fallidos nació el primer hombre, y el más fuerte y sano de todas las hijas de Rosaura. Cuando Rosaura supo que era momento de parir encargó la cocina a una de las hijas, y a otra le ordenó que la siguiera y que llevara consigo una caja que tenía preparada en la puerta de la casa. La hija acompañante de escasos 13 años aprendió por primera vez lo que era ser partera.


Rosaura tomó camino y apuró a la hija para que le siguiera. Caminaron por lo menos algunos cien metros detrás de la casa, hacia un barranco con árboles que no permiten ver nada por su follaje lo cubre todo.


Cuando llegaron, la hija dejó caer la caja, cansada del paso apresurado. Rosaura se detuvo frente al árbol que siempre utilizaba para parir, éste tenía una forma que le ayudaba a tener un parto rápido, seguro y sin dolor. Para Rosaura parir ya era algo cotidiano, pero necesitaba todo lo necesario para regresar pronto a casa y seguir atendiendo a las hijas, y buscar la manera de alimentarles. Una noche antes hubo tormenta, y un rayo partió el árbol de los partos de Rosaura en dos. Sin gesto alguno en su rostro Rosaura se molestó, volteo a ver a su hija, seguramente la primera desde que nació, porque Rosaura no tenía tiempo para detenerse a ver a las hijas, tenía bocas que alimentar.


Rosaura vio la cara de espanto de la hija, y sin decir nada, y con la mirada le ordenó que la siguiera.


Avanzaron un poco más buscando un buen árbol dónde parir. Rosaura comenzó a caminar lento. De vez en cuando se detenía de un árbol, y daba un solo grito escalofriante que ponía de nervios a la hija que no sabía qué estaba a punto de suceder. Lo que hacía muchísimos partos atrás Rosaura no había vivido, ahora lo vivía con el engendro que no deseaba. Rosaura no pudo caminar más, y en el árbol más cercano, cuyas ramas lograban abrazarla, decidió que era el bueno para parir de una vez por todas y regresar antes de la comida.


Fue un parto doloroso, fue el dolor físico y el dolor moral de no querer ser madre desde hace muchísimas hijas atrás. La hija que la acompañó no supo cómo, pero viéndose en esa realidad tomó el control completo de la situación siguiendo las instrucciones de la madre. Para Amalia esas palabras fueron las primeras que escuchó de Rosaura hacia ella, no había tiempo para platicar, pero para Amalia esas palabras fueron lo suficiente para saber que su madre la había elegido a ella porque de alguna manera u otra Rosaura sabía que Amalia sabría qué entender, y en esta ocasión tampoco se equivocó. Anteriormente había recurrido a otras hijas, pero ninguna como Amalia. Amalia estaba destinada para ser la partera de sus hermanas cuando llegara el momento.


Rosaura le fue indicando a Amalia lo que debía hacer. Le hizo sacar de la caja las cosas que iban a necesitar, y le ordenó que las colocara en un cierto orden que le ayudaría a ser más práctica la situación. Le habló de las posibles complicaciones que pudieran ocurrir durante el parto que pusieran en riesgo la vida del niño o de la madre.

-Si tienes que elegir, elígeme a mí, yo tengo a ti a tus hermanas que alimentar, lo que nazca no tiene responsabilidades de nada. -


Cuando el niño nació Amalia lo envolvió en una manta limpia y se lo acercó a la madre. Rosaura se negó a cargarlo, y ordenó que lo dejara sobre la caja en lo que recogían la cosas para regresar pronto a casa. Amalia dejó de temerle a su madre y atendió la orden. Mientras recogían las cosas Rosaura y Amalia, sin buscarlo, cruzaron miradas, Amalia le sonrió a Rosaura como buscando el reconocimiento de haber hecho bien su trabajo.

-No sonrías, niña, te vas a enchuecar la cara-.

Amalia relajó su rostro y tomó la postura de Rosaura como queriéndola imitar. No cuestionó nada, si su madre lo decía era por algo, y ella debía respetar lo que su madre dijera.


Al terminar, Rosaura tomó al niño en brazos, lo envolvió en una manta más grande haciendo una medialuna colgante. Amalia tomó la caja con las cosas y comenzó a caminar. Mientras caminaba se le veía con un rostro distinto, una mirada segura, fuerte; se detuvo y volteo buscando a Rosaura y al niño. Rosaura venía ya a pocos pasos de Amalia, y sobre el árbol el niño quedó colgado.

-Date prisa que ya va a ser hora de la comida… No voltees. Hay decisiones que no te puedes cuestionar a ti misma. La naturaleza se encargará. -


Amalia perdió la mirada segura, la postura fuerte y sintió como si ella misma fuera la madre que abandonaba a su hijo a la suerte de la naturaleza, como dijo su madre. Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero siguió caminando de frente, erguida sin voltear atrás. Rosaura se percató de las lágrimas de Amalia, respiró profundo y le pidió a Amalia se detuvieran a descansar.

- ¿Qué nombre te puse a ti? -

-Amalia-

-Eres muy valiente, Amalia. Y las mujeres valientes no tienen tiempo para llorar…-

- ¡Es un bebé! - Dijo Amalia mientras lloraba con la mirada sostenida en la de su madre. Rosaura hasta ese momento supo que aquel engendro que no deseó en todo su embarazo era el varón que siempre había anhelado, pero lo hecho, hecho estaba y no había vuelta atrás. Sus cejas se arquearon al escuchar que era un niño, se puso de pie y comenzó a caminar hacia la casa. Amalia recogió la caja que había dejado en el piso y siguió a Rosaura.

-Encárgate tú, ahora es tu responsabilidad. - Dijo Rosaura mientras continuaba el paso sin voltear a ver a su hija. Amalia, a pesar de haber escuchado tremenda responsabilidad se sintió aliviada sabiendo que el niño podría tener mejor suerte.

-Comerá de lo que tú comas, no hay para alimentar a otro más. -


Rosaura dejó claras sus condiciones. Cuando regresaron a casa, Rosaura dio la noticia a la hija mayor que el engendro había nacido muerto, y con eso fue suficiente para que Amalia entendiera que bajo ninguna circunstancia el niño podría ser visto en la casa, o saber siquiera de su existencia. A la edad de 13 años Amalia se convirtió en madre de un niño que no fue deseado, pero sí amado por su propia hermana. Amalia se las ingenió para correr de un lado a otro sin desatender los quehaceres de la casa, sobre todo porque nadie debía notar su ausencia. Amalia se convirtió en la sombra de su propia sombra, de la nada aparecía, y de la nada se esfumaba para estar con el niño. Desde lejos Rosaura observaba a Amalia, pero no preguntaba por el engendro. Durante el día Amalia atendía la casa y por la noche se escapaba cuando todos dormían para ir a cuidar al niño.


El árbol donde colgó Rosaura al niño era bastante viejo y suficientemente grande para hacer un hueco en su tronco y resguardar al recién nacido. Amalia alimentó al niño con sopa de cebolla, y cuando podía guardaba migas de pan que dejaba remojar en la sopa de cebolla. Amalia quiso darle un nombre al niño, en casa sólo se escuchaban nombres de mujeres, y a su padre nunca se le llamaba por su nombre, y lo primero que se le ocurrió es darle el nombre del árbol que le vio nacer: Pino.


Pino, cuando tuvo la edad suficiente supo de dónde venía, y que estaba estrictamente prohibido ser visto en la casa por cualquiera de sus habitantes. Pino era un buen niño y a su escasa edad comprendía muy bien lo que Amalia le decía.


Seis años más tarde y tras varias complicaciones, a una edad muy corta Amalia enfermó y murió dejando a Pino solo a la suerte de la naturaleza, por fortuna Pino aprendió de Amalia a cazar animales silvestres y a alimentarse de los frutos de los árboles y de las hierbas del campo. Cuando Amalia murió Rosaura supo que tenía que ir por el niño al bosque. Lo encontró quieto, sentadito como esperando la llegada de Amalia. Cuando Pino se percató que no era Amalia se escondió dentro del árbol. Rosaura se sentó en su lugar y desde ahí le habló sin voltear a verlo.

- Amalia murió… ¿sabes qué es eso? –

- No –

- Que ella ya no va a venir… nunca. –

- ¿Nunca?, ¿qué es nunca? –

- Te vendrás con nosotras a la casa, pero dormirás en el establo, adentro no cabes. –

- ¿Tú eres mi mamá? –

- Comerás la ración que le tocaba a tu hermana, y nada se desperdicia. ¿Crees que puedas comportarte? –

- Sí, sí, haré todo lo que me digas. – Dijo Pino saliendo de su tronco y brincando de contento.

- Nada de brincos, nada de juegos, nada de risas. En el establo tendrás trabajo que hacer. –


A los pocos días Rosaura enfermó contagiada con la misma enfermedad que mató a Amalia. Rosaura murió enseguida, su cuerpo era muy débil para luchar contra la enfermedad. Como es costumbre de las familias del pueblo, cada vez que alguien muere por contagio de alguna enfermedad se vela a la persona en los establos, se cree que el olor del excremento de los animales logra eliminar las bacterias que causan la enfermedad.


Las hijas mayores entraron al establo con la intención de limpiar y acomodar para recibir a los invitados, en el fondo encontraron el cuerpecito de un niño que no sabían cómo había llegado ahí, mucho menos quién era.





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