CINEVENTANA MATINÉE


La Presa Rodríguez es para los Taxis Rojo/Negro el punto de partida, o el punto final, y últimamente hay muchos taxistas viviendo por estos lugares, y les entiendo, se vuelve un tanto más práctico salir desde tu casa a trabajar, o llegar a tu casa en tu último viaje.

Cuadras arriba de mi calle hay varias viviendas con apartamentos de renta y es ahí donde la mayoría de los taxistas viven, solos o con familia, algunos entre compañeros taxistas.

Hoy por la mañana se estacionó un taxi Rojo/Negro en la acera enfrente de la mía, hacia abajo. No es común que la gente se estacione en nuestra calle al menos que sea gente de los y las vecinas. Éste estuvo ahí un buen rato, tenía su música a un buen volumen, pero no como para molestar a nadie. No traía pasajeros, solo estaba estacionado. Yo estaba en mi cuarto cuando lo vi por mi cineventana, pero no le puse atención y me fui a la cocina a preparar mi desayuno. Hoy desayuné ensalada de pasta con atún y galletas saladas, cuando terminé y lavé los trastes regresé a mi recámara y en mi cineventana continuaba la misma escena, el taxista escuchando música.

Me puse hacer otras cosas que tenía que hacer en mi abysslandia cuando de repente volteo a mi cineventana y veo que se aproxima un coche patrulla, se acerca de ventana a ventana en sentido contrario obstruyendo el paso de la gente que venía detrás subiendo la calle, no escucho qué le dice, porque no me interesaba saber qué sucedía, pero cuando la patrulla se estacionó debajo de mi árbol trasquilado puse la mayor atención posible a la escena sin modificar el volumen alto de mi música, no era para tanto.

Eran dos policías. Cuando estacionaron la patrulla, ambos retiraron el cinturón de seguridad y colocaron su mascarilla negra de uso rudo, bajaron de la patrulla, detuvieron el tráfico para cruzar, cruzaron la calle e hicieron bajar al taxista del vehículo, el taxista puso las manos sobre las ventanas traseras del taxi mientras uno lo revisaba y el otro revisaba a lo pendejo dentro del taxi. El taxista se notaba nervioso, pero conforme transcurría la escena esos nervios se convertían en coraje. En un punto de la alegata vi cómo el taxista, con desgana y con coraje saca su cartera de la bolsa trasera del pantalón, saca los únicos billetes que se alcanzan a ver, quizá algunos $500 pesos, no más, lo deja sobre su asiento y se hace a un lado. Los policías disimulan la acción de la cartera y los billetes.

Uno de los policías comienza a darle vuelta al taxi simulando revisar algo para llegar a la otra ventana e intentar tomar el dinero, pero falla, en lugar de abrir la puerta lo intenta por la ventana y falla, continúa su ronda de revisión simulada hasta llegar al otro policía que sigue hablando cual monólogo con el taxista. El policía del rondín le hace una seña adentro del taxi y los billetes, se da la media vuelta, cruza la calle y se sube a la patrulla. El otro policía comienza a revisar la puerta y sus compartimentos donde solo hay un trapo con el que limpia el taxi, lo sé porque en ese momento el policía lo tomó y comenzó a “limpiar” por dentro a la altura arriba de la llanta y después el asiento para poder tomar muy disimuladamente el dinero que se acaban de robar. No había nadie en la calle, pero se cuidaban de los coches que subían y bajaban.

El policía cual mago Frank pasó el trapo por los billetes, los tomó con la otra mano y los guardó en el puño, mientras que le dejaba en la mano al taxista el trapo sucio. El policía se despidió con una seña con la cabeza, cruzó la calle mientras su compañero ponía en marcha el motor, éste se subió, ambos se retiraron el cubrebocas, el recién llegado abrió el puño y le entregó al otro. El otro lo tomó y lo guardó en el compartimiento entre ambos asientos delanteros, se pusieron el cinturón de seguridad y arrancaron calle arriba mientras que el taxista, agüitado y encabronado se subió a su taxi y arrancó cuesta abajo.

Fue una escena muy bella, pero muy triste y hasta cierto punto asquerosa. Sea cual sea la infracción que cometió el taxista bajo ninguna circunstancia se justifica el soborno. Me dio tristeza pensar que ese par de policías de mi generación seguramente tienen familia, hijos, hijas, y con qué cara pudieran educarles, y en qué clase de valores. Sí está cabrón, no son todos, es verdad, pero sí son mayoría.

Mi cineventana del día de hoy no fue nada agradable, prefiero inventarle historias a la gente que veo pasar que ser testigo de este tipo de actos tan normalizados por la sociedad.

Abyss Borboa Olivera

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