UNA ÚLTIMA ESPERANZA... O NINGUNA


Intentando analizar las posibles opciones que quedan para reparar esta sociedad, realmente nos quedamos con muy pocas opciones. En mi caso, y lo saben, me he enfocado en la juventud. Otras personas, las de la tercera generación, le apuestan a la política, especialmente al triunfo de AMLO, la segunda generación le apuesta a su propia generación que ni idea tiene hacia dónde caminar. La reparación de una sociedad rota no está ya en manos de la tercera generación, bastante han hecho, bien o mal, para llegar al punto en el que estamos, (más mal que bien); la segunda generación es un remedo amorfo de lo mal aprendido por la tercera generación; y la primera generación, que ha crecido sola sin ejemplos adecuados, no tiene idea de que es lo que se debiera reparar realmente cuando ésta ha crecido a la buena de la nada sin saber qué hacer, mucho menos por dónde comenzar. La tercera generación ya va de salida, están entre sus 55 y 85 años de edad, y su edad de oro ya la vivieron, esa edad donde pudieron haber hecho que esta ruptura no llegara a este punto. Quisiera creer que algo hizo bien esa generación al tener hijos porque era lo que seguía, o al maleducar con malos conceptos y erróneas ideas de doble moral, o quizá la pésima educación que no enseña a vivir sino a sobrevivir, o bien la idea absurda de obtener poder, acumular riqueza, coleccionar bienes, o tener lo que sus padres o madres no lograron; o tal vez sea la Primavera Literaria llena de utopías que no se animaron llevar a cabo; o tal vez su absurda manera de discriminar, violentar, pisotear los derechos de otras personas. Como quiera que sea, lo hecho, hecho está. No dudo que haya gente de esta tercera generación que haya hecho lo que estuvo en ella y logró cosas chidas, pero no fue la cantidad suficiente de gente para detener la ruptura en su propia sociedad. La tercera generación le enseñó a sus hijos e hijas exactamente lo mismo, y esta segunda generación repitió sin censura los mismos patrones. Cierto es que algunas personas de la segunda generación también piensan distinto, pero tampoco fue suficiente. Tanto se enfrascaron en repetir este patrón, de manera inconsciente, que tuvieron hijos porque es lo que seguía, maleducándoles con conceptos e ideas erróneas, reproduciendo la discriminación, la violencia, la avaricia por ese poder, especialmente el adquisitivo. La segunda generación dejó en manos de la tecnología a sus hijos e hijas, y crecieron en completa soledad, todo porque aprendió muy bien de la tercera generación a “superarse” estudiando y trabajando para lograr una vida cómoda donde todo gire alrededor del dinero. La primera generación, ésa de los 16 a los 25 años, es una generación perdida pero aún con esperanza de reparar esta sociedad. La única esperanza que queda recae en esa primera generación; sin embargo, esa generación no tiene ni las herramientas ni idea de cómo reparar lo que no saben que está dañado, porque les hemos hecho vivir en un mundo pretencioso. Es esa pretensión les ha llevado a querer ser escuchados a toda costa porque nadie estuvo para verles crecer, para escucharles, para atenderles, para enseñarles otras posibilidades de vida. Por eso mismo la juventud busca la validación y la aceptación de los suyos, ya no la de sus padres o madres, mucho menos la de los abuelos o abuelas. Entre la juventud buscan no hacerse daño, no discriminarse, poseen la habilidad para no ver diferencias entre sexo, género, raza, etc., como le han enseñado a punta de imposiciones sus padres y abuelos. Sin embargo, no saben cómo lidiar con lo que sucede alrededor, saben relacionarse socialmente con otras personas de una manera muy peculiar positiva, y ésta la aprendieron entre ellos y ellas mismas porque aprendieron a través de las redes sociales a no discriminarse porque ésa era la única comunicación que podían obtener. Si analizamos bien éste es el resultado de tanta moda inútil, tanta mercadotecnia ramplona, tanto gente de esa generación aferrada a encontrar la fama a través de Redes Sociales con cuestiones más huecas que imaginables. Buscan ser escuchados, reconocidos, validados, pero al mismo tiempo, como no tienen esa base de construcción ideológica propia su moda se muere al poco tiempo dejándoles sin nada y en el mismo lugar donde comenzaron. Si vemos la esperanza se esfuma con solo pensarla si la depositamos en esta primera generación, porque nos guste o no, la sociedad ya no le ofrece modelos a seguir, mucho menos nuevas posibilidades. Al contrario, la sociedad se ha empeñado en menospreciar a la juventud como si su ejemplo fuese lo correcto para enderezarles. No se trata ya de enseñarles a gritos, con violencia o con odio, se trata de enseñarles con manzanitas lo que a ninguna generación le fue enseñada: aprender a vivir la vida. La última esperanza no recae en la juventud, claro que ésta puede hacer que suceda, pero no lo lograrán si nadie les enseña. Si la sociedad se detuviera por un momento y escuchara a la juventud sería distinto, pero no para burlarse, ni para regañarles, mucho menos para reprenderles, sino para escucharles todo lo que no han podido expresar. Las ideas de la primera generación son básicas e inmaduras, porque nadie se ha sentado a plantearles otras posibilidades, aunque, lamentablemente son muy pocas personas de la tercera o segunda generación que podrían mostrarles otras posibilidades. Cierto es que es una generación testaruda, pero abierta cuando se dialoga con ella, ¿y quién va a dialogar con ella cuando la mayoría de la gente quiere imponer su forma de pensamiento erróneo? Ni la política, ni la educación, ni la economía, ni la cultura, ni el arte como está hasta el día de hoy servirán para reparar esta sociedad. Ya no se trata de estudiar pero sí de aprender; ya no se trata de hacer dinero, pero si de saberlo aprovechar para un bien común; ya no se trata de imponerles el falso respeto, la falsa educación doblemoralista, pero sí el de hacerles ver que es necesario avanzar; ya no se trata de vender productos como arte, sino el de enseñarles a construir propuestas a través del arte. Aún nos queda tiempo, pero no demasiado, si no lo comenzamos ahora, si no nos danos cuenta que no se trata de reproducir lo que no ha servido absolutamente de nada, ya no habrá vuelta atrás. Estamos frente a la decadencia y muerte de una sociedad, o bien estaremos frente a un renacimiento de una nueva sociedad que difícilmente podrá romperse. El ejemplo lo tenemos en otros países, pero siendo México tan ignorante a punta de ocultar verdades, no lograremos lo necesario ni lo urgente. Somos muy pocas las personas las que logramos ver un poco de esperanza en esta sociedad, y difícilmente se multiplicará esto, porque esto es también un proceso, un proceso que lleva su tiempo y que antes nadie se detuvo a comenzarlo. Pero no pensemos en multitudes, por más que lo deseemos, pensemos mínimo en la gente que nos rodea: familia, amistades, vecinos, etc., esos pequeños cambios deben ser grandes en la medida en que seamos honestas con nuestra ideología de un bien común, pero una ideología del bien común que incluya a todas las personas, y no sólo a unas cuantas. De nada servirá una penalización del acoso, una tipificación de feminicidio, un lenguaje inclusivo, nuevas leyes que castiguen si no comprende la sociedad que nada de esto es necesario si aprendemos a respetar a las personas por las personas que se asumen. Si queremos alcanzar los derechos del futuro, los derechos por venir, los derechos de las personas debemos comenzar ahora con esta última esperanza, o bien nos quedaremos con ninguna y no habrá vuelta atrás. Y si acaso no les interesa reparar esta sociedad, mínimo les puedo recomendar, casi exigir, que no obstruyan el paso de quienes sí buscan otras posibilidades de vida, no estorben, no le aporten nada a la sociedad, pero por favor no estorben, ni destruyan más la sociedad que han dejado en vestigios. Abyss Borboa Olivera  


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